viernes, 14 de noviembre de 2014

GRITO EN EL DESIERTO

N0. 1


El mundo en que vivimos experimenta un sentimiento profundo de vacuidad y hastió. Los sistemas religiosos han fracasado en su pretendido interés por llenar el vacío existencial del ser humano, las psicologías y corrientes filosóficas, partidos y movimientos políticos con frecuencia ahondan la crisis y no dan respuestas. Solo iglesias que asuman de manera apropiada el estudio serio de la Palabra y la anuncien con fidelidad, haciendo que desde esta única y confiable fuente de autoridad, se establezca la fe y la observancia, podrán impactar la sociedad en la que vivimos. Religiones que se agotan en una frugal camaradería, en emociones extáticas, en orgullos denominaciones, o en repartir golosinas espirituales envueltas en el manido discurso de los motivadores del pensamiento positivo, solo logran entretener, y en el mejor de los casos generar estados efímeros de euforia, La iglesia deberá reconciliarse con las Escrituras, y cual hijo prodigo, regresar humildemente y reconocer que fuera de esos linderos solo obtenemos fracaso y frustración. El mundo fastidiado de discursos de diferentes salves y tonos clericales, será interpelado y captara nuestra atención, solo cuando vida y palabra marchen por la misma senda, cuando estemos activos y presentes en los escenarios de dolor donde la  misericordia divina se transparente en nosotros, cuando la iglesia salga de la comodidad de sus butacas y la seguridad de sus paredes y sea una iglesia 'del camino", salga al encuentro del hombre en la condición y deterioro en que se encuentre, sin preselección ni preferencias, simplemente abrase con el amor de Cristo. La iglesia no puede ser un pedestal mudo que mira en el retrovisor sus viejas glorias, o se acomoda en su círculo de comodidad en espera del retorno de Jesús. La iglesia debe mostrar su acción pastoral desde una seria reflexión teológica que la oriente y la conduzca.
Donde está la pastoral a los enfermos, a los niños a quienes al igual que a los ancianos apenas si se los soporta, donde está la pastoral a esa población invisibilizada de los presos, donde la pastoral a los homosexuales, a las tribus urbanas entre otras. Si el evangelio es poder de Dios, entonces no es el tiempo de pasar de largo sino de atender a los heridos, heridos que yacen en los diversos caminos de la vida.
Renunciemos como iglesia a los excesos de comodidad y sacralizado hedonismo, y mostremos a Cristo con actitudes que silencien aun las críticas de nuestros detractores.

Muchas iglesias no pueden decir “No tengo plata ni oro”, por el contrario sus líderes hoy compiten en su nivel de vida y extravagante consumismo, con altos ejecutivos con devengos multimillonarios. Vivir con modestia, propender por estar satisfechos con el “sustento y el abrigo” suena bastante impopular entre quienes han hecho de la ostentación su estilo de vida. La claridad y autoridad de la Palabra ha quedada relegada en un segundo plano, y en su lugar prima el culto a las marcas, a los fetiches exitistas y a los rótulos sociales. Parece revivirse épocas pasadas en las que Dios manifiesta su indignación ante la actitud hipócrita de los falsos profetas, que halagan los oídos de los príncipes con anuncios cargados de mentira.

Que esperanza hay para la Iglesia de hoy, si sus más connotados  lideres están cegados por la vanidad, si el profetismo que denuncia el pecado ha muerto, y ahora aparecen  mercaderes exitistas que pregonan paz y avivamiento, cuando lo que vemos es violencia y letargo espiritual. Pastores, que tasan su éxito ministerial en el rasero de un canceroso crecimiento, de un crecimiento numérico sin señales de la vida de Cristo. Celebran entontecidos sus logros, careciendo de una fecunda reflexión teológica, que les permita ver lo cerca que se está del borde del abismo.

El “dios” de este mundo tiene sus más fieles devotos en las filas de la iglesia, el más peligroso ateísmo se cierne sobre nuestras cabezas, pues no es el ateísmo filosófico lo que debe inquietarnos, sino el ateísmo practico, el cual va más allá de las palabras, y se externaliza en acciones saturadas de egoísmo y traición a la fe profesada por quienes trajeron el Evangelio desde sus lejanos países de origen y en tiempos más antiguos, quienes sembraron con su sangre y testimonio fiel, la buenas semilla.
La amenaza real está en aquel Ateísmo como negación de Dios, el cual se establece no en las palabras, sino en un accionar que mana del corazón.

Que fácil resulta unirse a las voces triunfalistas que pregonan ¡Avivamiento, estamos en
Avivamiento!
Como puede pensarse un clímax de avivamiento, sin amor y perdón entre pastores y denominaciones, que se arrogan unos a otros el monopolio de la verdadera fe, como puede haber avivamiento, cuando la iglesia es cada vez menos iglesia, y el mundo sigue siendo mundo, cuando la iglesia ha perdido la brújula moral , y ha abandonado su rol histórico de ser faro de luz a los perdidos, dedicándose a entretener con palabras halagüeñas y a alimentar con descargas psicológicas salpicadas de citas bíblicas cómodamente añadidas, y a la justa medida de su conveniencia, si la eisegesis reemplaza la exegesis, si la iglesia es empresa, y no la peregrina que despojada de pesos innecesarios, camina en busca de la oveja que hace falta en el redil.

Donde están los profetas, donde están estos hombres de palabra tosca pero rectilínea y fronteriza, como la del Bautista, donde se han ido aquellos cantos llenos de doctrina, donde aquellos siervos con olor a oveja. Hoy se habla con elocuencia y buen humor, pero sin unción ni verdad, hoy muchos instrumentos bien interpretados animan nuestros cultos, dando lugar al desfogue emocional, pero cuan poca adoración se le brinda al Señor, pues el objetivo no es adorar sino “pasarla bien”

Hasta cuando festejaremos tanta mentira, hasta cuando diremos amen a una falsificación de vida cristiana, hasta cuando nos uniremos al letargo de la iglesia, y aceptaremos la mentira dándole estatus de verdad. No, desnudes y miseria es lo que vemos, púlpitos sin Palabra, emociones desbordadas y ausencia de una vida en el marco de la ética impartida por Jesús a orillas del mar de Galilea, en aquel pequeño monte, desde donde resuena una Palabra que pocos quieren escuchar.