GRITO EN
EL DESIERTO
N0. 1
El mundo en que vivimos experimenta un sentimiento
profundo de vacuidad y hastió. Los sistemas religiosos han fracasado en su
pretendido interés por llenar el vacío existencial del ser humano, las
psicologías y corrientes filosóficas, partidos y movimientos políticos con
frecuencia ahondan la crisis y no dan respuestas. Solo iglesias que asuman de
manera apropiada el estudio serio de la Palabra y la anuncien con fidelidad,
haciendo que desde esta única y confiable fuente de autoridad, se establezca la
fe y la observancia, podrán impactar la sociedad en la que vivimos. Religiones
que se agotan en una frugal camaradería, en emociones extáticas, en orgullos
denominaciones, o en repartir golosinas espirituales envueltas en el manido
discurso de los motivadores del pensamiento positivo, solo logran entretener, y
en el mejor de los casos generar estados efímeros de euforia, La iglesia deberá
reconciliarse con las Escrituras, y cual hijo prodigo, regresar humildemente y
reconocer que fuera de esos linderos solo obtenemos fracaso y frustración. El
mundo fastidiado de discursos de diferentes salves y tonos clericales, será
interpelado y captara nuestra atención, solo cuando vida y palabra marchen por
la misma senda, cuando estemos activos y presentes en los escenarios de dolor
donde la misericordia divina se
transparente en nosotros, cuando la iglesia salga de la comodidad de sus
butacas y la seguridad de sus paredes y sea una iglesia 'del camino",
salga al encuentro del hombre en la condición y deterioro en que se encuentre,
sin preselección ni preferencias, simplemente abrase con el amor de Cristo. La
iglesia no puede ser un pedestal mudo que mira en el retrovisor sus viejas
glorias, o se acomoda en su círculo de comodidad en espera del retorno de
Jesús. La iglesia debe mostrar su acción pastoral desde una seria reflexión
teológica que la oriente y la conduzca.
Donde está la pastoral a los enfermos, a los niños a
quienes al igual que a los ancianos apenas si se los soporta, donde está la
pastoral a esa población invisibilizada de los presos, donde la pastoral a los
homosexuales, a las tribus urbanas entre otras. Si el evangelio es poder de
Dios, entonces no es el tiempo de pasar de largo sino de atender a los heridos,
heridos que yacen en los diversos caminos de la vida.
Renunciemos como iglesia a los excesos de comodidad y
sacralizado hedonismo, y mostremos a Cristo con actitudes que silencien aun las
críticas de nuestros detractores.
Muchas iglesias no pueden decir “No tengo plata ni
oro”, por el contrario sus líderes hoy compiten en su nivel de vida y
extravagante consumismo, con altos ejecutivos con devengos multimillonarios.
Vivir con modestia, propender por estar satisfechos con el “sustento y el
abrigo” suena bastante impopular entre quienes han hecho de la ostentación su
estilo de vida. La claridad y autoridad de la Palabra ha quedada relegada en un
segundo plano, y en su lugar prima el culto a las marcas, a los fetiches
exitistas y a los rótulos sociales. Parece revivirse épocas pasadas en las que
Dios manifiesta su indignación ante la actitud hipócrita de los falsos
profetas, que halagan los oídos de los príncipes con anuncios cargados de
mentira.
Que esperanza hay para la Iglesia de hoy, si sus más
connotados lideres están cegados por la
vanidad, si el profetismo que denuncia el pecado ha muerto, y ahora
aparecen mercaderes exitistas que
pregonan paz y avivamiento, cuando lo que vemos es violencia y letargo
espiritual. Pastores, que tasan su éxito ministerial en el rasero de un
canceroso crecimiento, de un crecimiento numérico sin señales de la vida de
Cristo. Celebran entontecidos sus logros, careciendo de una fecunda reflexión
teológica, que les permita ver lo cerca que se está del borde del abismo.
El “dios” de este mundo tiene sus más fieles devotos
en las filas de la iglesia, el más peligroso ateísmo se cierne sobre nuestras
cabezas, pues no es el ateísmo filosófico lo que debe inquietarnos, sino el ateísmo
practico, el cual va más allá de las palabras, y se externaliza en acciones saturadas
de egoísmo y traición a la fe profesada por quienes trajeron el Evangelio desde
sus lejanos países de origen y en tiempos más antiguos, quienes sembraron con
su sangre y testimonio fiel, la buenas semilla.
La amenaza real está en aquel Ateísmo como negación de
Dios, el cual se establece no en las palabras, sino en un accionar que mana del
corazón.
Que fácil resulta unirse a las voces triunfalistas que
pregonan ¡Avivamiento, estamos en
Avivamiento!
Como puede pensarse un clímax de avivamiento, sin amor
y perdón entre pastores y denominaciones, que se arrogan unos a otros el
monopolio de la verdadera fe, como puede haber avivamiento, cuando la iglesia
es cada vez menos iglesia, y el mundo sigue siendo mundo, cuando la iglesia ha
perdido la brújula moral , y ha abandonado su rol histórico de ser faro de luz
a los perdidos, dedicándose a entretener con palabras halagüeñas y a alimentar
con descargas psicológicas salpicadas de citas bíblicas cómodamente añadidas, y
a la justa medida de su conveniencia, si la eisegesis reemplaza la exegesis, si
la iglesia es empresa, y no la peregrina que despojada de pesos innecesarios,
camina en busca de la oveja que hace falta en el redil.
Donde están los profetas, donde están estos hombres de
palabra tosca pero rectilínea y fronteriza, como la del Bautista, donde se han
ido aquellos cantos llenos de doctrina, donde aquellos siervos con olor a
oveja. Hoy se habla con elocuencia y buen humor, pero sin unción ni verdad, hoy
muchos instrumentos bien interpretados animan nuestros cultos, dando lugar al
desfogue emocional, pero cuan poca adoración se le brinda al Señor, pues el
objetivo no es adorar sino “pasarla bien”
Hasta cuando festejaremos tanta mentira, hasta cuando
diremos amen a una falsificación de vida cristiana, hasta cuando nos uniremos
al letargo de la iglesia, y aceptaremos la mentira dándole estatus de verdad. No,
desnudes y miseria es lo que vemos, púlpitos sin Palabra, emociones desbordadas
y ausencia de una vida en el marco de la ética impartida por Jesús a orillas
del mar de Galilea, en aquel pequeño monte, desde donde resuena una Palabra que
pocos quieren escuchar.
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